El Pentateuco, o, según lo llaman los judíos, el Libro de la Ley (Torá), encabeza los 73 libros de la Santa Biblia, los cinco primeros, a saber: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, y Deuteronomio. Su fin general es: exponer cómo Dios escogió para sí al pueblo de Israel y lo formó para la venida de Jesucristo. De modo que en realidad es Jesús quien aparece, aunque velado, a través de la historia y de los misteriosos destinos del pueblo escogido, de sus costumbres, y de sus ritos litúrgicos.
A la luz de esta verdad fundamental, podemos analizar todo el Pentateuco, buscando siempre su sentido en Jesús y su cumplimiento pleno en la venida del Mesías anunciado. Todo lo entregado por Dios Padre a Moisés en el Sinaí, anunciaba la redención del género humano a través del único salvador, Jesucristo, y lo que Él debía vivir para poder redimirnos: su pasión, muerte y resurrección. Además, todo lo que está en la Ley (Pentateuco), cimienta las bases de la Fe católica y de la Santa Misa. Todos los sacramentos de la Iglesia Católica están prefigurados en la Ley, y todo el culto levítico a Dios anticipaba la Santa Misa, cada uno de sus detalles, de sus pasos, de su magnificencia.
Tanaj, palabra que proviene del acrónimo hebreo תנך, es el conjunto de los libros sagrados canónicos del judaísmo, que corresponden a 39 de los libros del Antiguo Testamento de la Biblia católica. Este acrónimo tiene las tres letras hebreas de las tres secciones que lo componen: Torá que es la Ley (תורה), Nevi’im que son los Profetas (נביאים), y Ketuvim que corresponde a los Escritos (כתובים). Jesús se refirió a esas tres partes de la Biblia hebrea (Tanaj) en estos términos: “Esto es aquello que Yo os decía, cuando estaba todavía con vosotros, que es necesario que se cumpla todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos” (Lc 24,44). Nos está diciendo el Señor que tanto la Ley, como los Profetas y los Salmos (refiriéndose a estos últimos como englobando los libros sapienciales que los hebreos llaman “Escritos”), lo anunciaban a Él. Significa esto que todo el Antiguo Testamento es profético en relación a Jesús, y nada cobra sentido sino en Jesucristo y en lo que Él iba a hacer para salvarnos: crear la Iglesia, siete sacramentos, la Santa Misa, la devoción a María Santísima, etc.
Según la Ley el cordero pascual debía sacrificarse “entre las dos tardes” (esto es, a las 3 de la tarde), el día 14 de Nisán (antes llamado Abib). Los judíos siempre cumplieron con este precepto, sin llegar a comprender que consistía en una profecía, la cual anunciaba que Cristo tendría que morir un 14 de Nisán a las tres de la tarde (primer viernes santo). La selección por suertes entre dos machos cabríos, por el Sumo Sacerdote el día de la Expiación (Lv 16,5-10), anunciaba proféticamente el injusto juicio llevado a cabo por Poncio Pilato, en el que terminó liberándose el malvado y sacrificándose al Hijo del Altísimo. Y en general, todo lo que está en la Ley es profético en relación a Jesucristo, en quien todo se cumplió en plenitud y revelando su verdadero significado.